El mariscal Joffre en Casa Capșa de Bucarest


La historia objeto de este artículo, es un claro ejemplo de que no todas las anécdotas ocurren exclusivamente en la habitación de un hotel, ya que el suceso que voy a relatar sobre Casa Capșa, sucedió en este caso, en su cocina.

El responsable de guiarme con gran amabilidad y atención por Casa Capșa, fue Mihai Drăghici y he de reconocer que tras mi visita al establecimiento, tuve una sensación interna agridulce. Dulce, por haber tenido la oportunidad de visitar el hotel con mayor reputación de Bucarest, en el que han sucedido innumerables hechos históricos. Y agrio, tras comprobar que una institución tan laureada tiene, inexplicablemente, serias dificultades para subsistir con un mínimo de dignidad (varias de sus plantas se encuentran clausuradas como consecuencia de la baja afluencia de clientela). Da lástima ver excelentes suites anhelando cualquier atisbo de vida, interminables pasillos que sobrecogen en su silencio y un vestíbulo, que en tiempos no daba abasto con el ajetreo de mozos de equipaje arrastrando jaulas llenas de maletas, que a día de hoy apenas deja ver algún huésped curioso contemplando ensimismado la ornamentación. Así pues, espero que este artículo sirva para honrar respetuosamente a Casa Capșa y en la medida de lo posible, contribuya a la divulgación de esta joya situada en el centro de Bucarest.

Casa Capșa son en realidad tres entidades autónomas: La confitería, el restaurante y el hotel. Juntas forman una única institución que las aglutina bajo un mismo nombre y dirección.

Todo comenzó en 1852, cuando los hermanos Antón y Vasile Capșa fundaron la primera confitería en el mismo emplazamiento en el que a día de hoy se encuentra el hotel. Vasile Capșa comenzó su meteórica carrera como aprendiz de alguno de los mejores cocineros de la época en París y Viena, con los que aprendió todas las innovaciones culinarias de aquel momento. Tanto él como su hermano Antón Capșa optaron posteriormente por financiar durante años a su hermano menor, Grigore Capșa, sus estudios de cocina en París, donde llegó a convertirse en proveedor de la corte imperial francesa, obteniendo así una importante reputación como chef.

En 1881, la originaria confitería se transformó en restaurante, dando paso a una época dorada en la que Casa Capșa se convirtió en el referente de restauración por excelencia de Rumanía hasta que en 1916, durante la I Guerra Mundial, tras la Batalla de Bucarest y la consiguiente ocupación de la ciudad, fue requisado por las tropas búlgaras, dejándola en una deplorable situación hasta el final de la contienda. Tras la guerra, el restaurante Casa Capșa volvió a recuperar su innegable reputación gracias a las clases acomodadas de Rumanía y europeas que visitaban la ciudad. Además, pasó a ser el lugar preferido por escritores e intelectuales rumanos. Su fama fue tal que llegó a circular una leyenda que decía que, para poder publicar un libro, éste debía ser escrito en Casa Capșa y aún más, si un escritor quería ser considerado dentro del mundo literario, era de obligado cumplimiento pasar largas horas en alguna de las mesas del restaurante. Posteriormente, en la época del partido comunista de Nicolae Ceaușescu, el restaurante fue cerrado a su antojo y reabierto como “Restaurante Bucarest”; nombre que conservó hasta 1984. Durante todo ese tiempo, pasó a ser un sitio exclusivo para miembros del partido, que aprovecharon la excelencia de Casa Capșa en su beneficio, al convertirlo en icono propagandístico del régimen.

El hotel fue inaugurado en 1886 y a día de hoy, aún conserva el encanto de la época pasada de esplendor incluso después de sucesivas restauraciones. Aún es posible contemplar las suntuosas lámparas de cristal, su mobiliario barroco, fabricado íntegramente en Rumanía, sus paredes forradas de tela, el mármol de sus columnas y sus techos ornamentados. Dentro de sus salones, han dimitido y se han constituido gobiernos. Llegó a ser conocido como “el parlamento bicameral” ya que muchas decisiones adoptadas por diferentes gobiernos de Rumanía fueron firmadas en sus instalaciones. Además fue el hospedaje favorito de diferentes familias reales como las de Rusia, Grecia, Serbia, Bulgaria, Austria y Alemania. Todas ellas eran acomodadas en la llamada Suite Imperial (habitación 214), que tuve la oportunidad de inspeccionar y comprobar que hace verdadero honor a su nombre ya que conserva fielmente los estándares de confort y exquisitez propios del siglo XIX. Así pues, no es de extrañar que Casa Capșa sea considerada un testigo excepcional de la misma historia de Rumanía.

Pero en este artículo quiero hablar de una curiosidad sucedida entre los fogones de su cocina. Curiosidad única e irremediablemente asociada a Casa Capșa y que ocurrió durante la visita triunfal del mariscal Joffre a Rumanía tras la I Guerra Mundial.

Joseph Jacques Césaire Joffre, más conocido en Francia como Papa Joffre, fue un militar francés que llegó a alcanzar la graduación de mariscal y que a mediados de la I Guerra Mundial fue designado Comandante en Jefe de los ejércitos franceses. A su persona se le atribuyen campañas militares desastrosas como la defensa de Verdún y la ofensiva del Somme, pero también fue el ideólogo del exitoso reagrupamiento de tropas y posterior ofensiva en la decisiva batalla del Marne en la que consiguió derrotar a los ejércitos alemanes, siendo este hecho el comienzo del declive de las tropas del káiser Guillermo II de Alemania, que hasta ese momento contaban sus batallas por victoria, acostumbradas a ganar constantemente terreno a los ejércitos aliados. El mariscal Joffre consiguió así, romper con esa dinámica de derrotas continuas e impulsar el ánimo de sus soldados para alcanzar la victoria final. Por ello, tras el fin de la contienda, pasó a ser considerado uno de los grandes estrategas de la historia por parte de los países vencedores. Tras finalizar la guerra, su actividad pública fue frenética y era agasajado allá donde iba. En una de sus giras triunfales, visitó Rumanía invitado por sus monarcas y se hospedó en Casa Capșa.

Grigore Capșa, profundamente agradecido por la visita y contagiado por los elogios al mariscal, quiso rendirle un homenaje creando para él un postre innovador que pasase a la posteridad, ideando así el mundialmente conocido “Pastel Joffre”. La forma y tamaño que dio al pastel fue idéntica al casco usado por soldados franceses y rumanos durante la guerra, llamado “Casco Adrian”. Y el resultado final fue un pastel de chocolate en capas, relleno de ganache (nata mezclada en caliente, con chocolate en trozos, a partes iguales) y recubierto de una capa de chocolate y crema de mantequilla helada.

Así es como tuve la oportunidad de degustarlo en el impresionante restaurante de Casa Capșa (en una versión más reducida que se puede adquirir en su confitería) y acompañado de un vino rosado de la zona rumana del Segarcea ya que éste se considera el maridaje perfecto. Y doy fe que ambos se complementan a las mil maravillas.

La memoria del mariscal Joffre sigue viva a día de hoy en calles, plazas, avenidas y hasta una montaña que lleva su nombre. Ignoro por completo si fue un hombre cercano, agradable, sociable o simpático en su vida alejada de los campos de batalla, pero desde su paso por Casa Capșa, su figura irá eternamente asociada al sabroso dulzor que su nombre, hecho pastel, dejó en mi paladar.

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